Honestidad brutal

Ya antes había escrito sobre la necesidad de ser honesto, algo que, al menos para mí se pelea con la falsa humildad.

Sí, aquella humildad que muestra mucha gente cuando está en público y que se transforma en envidia e ímpetus insanos desde la oscuridad de la soledad.

La honestidad y la sinceridad, sin ser lo mismo, tienden a ir de la mano, a convivir aunque la mayoría de las veces prefieran guardarse antes de hacerle daño a alguien.

Varias veces he mencionado que estamos tan acostumbrados a mentiras “inocentes o piadosas” que aún los más honestos quedan desarmados ante la verdad. Nadie está preparado realmente para escucharla.

Ir de frente, ser honesto y sincero hasta un punto que podríamos considerar “brutal” debería apreciarse más de lo que se hace en este mundo en donde muchas veces es mejor sacar una sonrisa mentirosa que una lágrima honesta.

A veces, la sinceridad lastima porque nos golpea en nuestro ego, en nuestros miedos, pero a la larga, deberíamos agradecerla.

No tengan miedo de ser honestos, de ser sinceros, por favor… y a ti, gracias.

Ilustración de Julia Borzucka Nesta

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Ante la duda…

Jamás sabré si leerás esto, o quizá sí.

Jamás sabré si esos ojos que vi por primera vez en una fotografía y pude mirar de cerca en una caótica y apresurada noche de viernes, sean los que he estado buscando, o tal vez sí.

Jamás sabré si tus reclamos por mi poco interés -y pericia- por el baile se terminen y si habrá otra oportunidad de saltar a la pista. Aunque podría ser que sí.

Cuando hablamos, nos vemos o salimos, siento que podrías ser tú, pero cuando pasan las horas y no respondes, siento que de nuevo me equivoqué.

Jamás sabré si estoy jugando las cartas correctas al ser, por vez primera, detallista al extremo, pero es lo que me inspiras.

Jamás sabré por qué te tengo miedo, por qué levanto un muro que se derrumba con tu sonrisa y levantas de nuevo con algo parecido al desinterés.

Aunque quizás un día sepa todo de ti y tú todo de mi, hoy nada importa, solo fluir y sonreír.

Adrià Puntí lo escribió en catalán y él mismo lo tradujo al español: “Ante la duda… Sí”.

Tan lejos

Fue un 12 de diciembre, mi decisión estaba tomada, todo planeado y la idea de una cena para de una vez por todas, develar lo que habría en el futuro.

Un par de mensajes y no hubo cena… No hubo futuro y no hubo nada.

Ese 12 de diciembre ella decidió dejar de esperar por lo que siempre soñó y ser de nuevo lo que siempre ha sido y será, justo como el día que la conocí.

Tan-to tiempo después no puedo estar más agradecido de que todo se diera así, de que todo ocurriera, pues cada quien tenía ya su destino marcado.

Al menos uno puede seguir adelante mientras el otro se engaña a sí mismo con sus patrones de vida.

Siempre te querré Tan… lejos.

Imagen: Algún lugar de Tumblr

Que me lleve el diablo

Esta historia la conocen pocas personas, un puñado quizá y tiene un principio curioso y demasiados “hubiera” en su desarrollo.

Decir que la conocí en una taquería muy popular del Centro Histórico, suena tan ridículo, pero así fue.

En ese entonces trabajaba en el Reforma, así que hablamos de 2011, me invitaron a una reunión de metaleros en el Salón Corona y fui, curiosamente llevaba un saco de piel negro así que no desentonaba, pero ella sí.

Camiseta blanca y jeans, su cabello recogido y una presencia impactante, esa que solo una norteña real puede tener.

Pasaron años para que me atreviera a hablarle, pero antes ya llevaba un apodo, “Diablo”, eso era, y quizá tenga que ver con aquella diadema de cuernos con la que asistió a una fiesta en la que coincidimos en noviembre de 2012. 


Aquella noche recuerdo que Aarón me dijo que le hablara, pero yo era un hombre muy fiel a alguien que no lo merecía y ahí se dio el primer “hubiera”.

Cuando al fin nos hablamos hicimos un “click” casi inmediato y no pasó más de una semana para que comenzáramos a acumular anécdotas increíbles. 

Ella me dedicó una canción y yo una a ella, vencimos el vértigo en un mirador, pusimos a nuestros amigos en común a temer por nuestra seguridad en aquella fiesta sorpresa  y sí, con el tiempo nos quedamos con  muchos “hubiera”. 

Noviembre de 2016 nos reencontró, en circunstancias tan distintas, pero con el mismo cariño de siempre.

No sé si todos esos “hubiera” acumulados entre los dos y superarlos, fortalecieron las cosas, pero hoy, estando lejos, hemos estado más cerca de lo que estuvimos en los años que vivíamos en la misma ciudad. 

Hoy es su cumpleaños y por eso escribo estas líneas…

Yo sé que la vida tiene cosas impresionantes y bellas guardadas en su futuro, sé que nada impedirá que su sonrisa sea la más brillante del planeta.
Y lo he de gritar: tengo tanta confianza en ella porque pese a todo, jamás se ha traicionado, jamás se ha rendido… jamás me ha decepcionado. 

Aquella noche le dije a Aarón: “A mi no me mandes a la chingada, mejor, que me lleve el Diablo”… 

Feliz cumpleaños a ti…

Quiero una novia pechugona 

Noche Buena de 1986, todos los primos estábamos reunidos en casa de mi abuela y en pleno auge del Rock en Tu Idioma, los villancicos tradicionales fueron omitidos. 

Yo tenía seis años y le había pedido a Santa Claus un suéter de portero como el que usaron Pablo Larios, Harold Schumacher o Jean Marie Pfaff en el Mundial de 1986.

Las disputas familiares clásicas de las fechas me importaban un carajo pues yo me preocupaba más de que los abusivos de mis primos me dejaran jugar con la pelota, mi pelota, esa que yo les prestaba. 

En la vieja consola sonaba el vinilo al ritmo de ese nefasto grupo de rabo verdes pervertidos españoles llamado La Trinca y su éxito “Quiero una novia pechugona”.

La letra provocó una disputa entre los tíos que afirmaban que no era una canción digna de compartirse en una reunión como lo era la Navidad.

A veces recuerdo ese episodio y analizando la letra me doy cuenta que jamás he tenido una novia con tales características, es más, para ser sincero prefiero trasero que frente, pero esa es otra historia. 

Lo que sí les puedo decir es que mientras escribo esto se cumplen 17 años de que conocí a la que sería mi segunda novia de la edad adulta, con quien duré ocho años y medio y rompimos un compromiso matrimonial que era una locura auténtica porque simplemente no existe quien viva de amor, vaya, los sentimientos no se comen.

Esa historia se las contaré en algún otro momento, lo importante aquí es que, no sé, quizá divagaba pensando en la famosa novia pechugona y la necesidad de vivir sin rencores.

La necesidad de romper con nuestros miedos, dar la vuelta a lapágina, perdonar, seguir adelante y entender que el odio no es más que una pérdida de tiempo. 

A estas alturas entiendo que la novia pechugona era solo un pretexto para remover sentimientos, lo fue en ese entonces cómo podría serlo hoy. 

Imagen: Catherine Losing

Eso que llaman sentirse orgulloso

Hace unos meses salía de la oficina apresurado pues tenía una cita con una de las personas que más quiero en este planeta.

Tras una confusión con el rumbo en el que nos encontraríamos, bebimos un par de cervezas y antes de irnos a casa (cada quien a la suya) decidimos cenar algo, sushi… Con ella siempre es sushi. 

Sin saberlo sería nuestra despedida oficial, ambos sabíamos que las maletas estaban hechas y que su partida era inminente pero teníamos al menos dos reuniones más en la agenda.

Ambas, una primera comunión y una fiesta cumpleañera, fueron canceladas por enfermedad y cambiadas por un par de tardes de TV. 

Esa noche recordamos cada anécdota vivida en aquel “verano fatal” de 2013, dos o tres de los meses más memorables y felices de mi vida, los cuales están ahí, en el recuerdo.

Pero esa noche era especial por alguna razón, tal vez porque ambos sabíamos que estábamos cerrando cada quien por su lado como 300 círculos, o que teníamos al frente una nueva etapa, o tal vez porque por primera vez en mucho tiempo, “no nos queríamos matar”.

Ya no eran las noches de alcohol desenfrenadas hasta el amanecer ni las tardes de hospital que nos habían reunido años después mientras esperábamos buenas noticias. No, todo era muy distinto. 

Recuerdo que esa noche de independencia estadounidense en la que los rollos de sushi tardaban en llegar un tiempo verdaderamente infame, le hice ver que confiaba en ella, que lograría cosas muy grandes.

Ella aún desconfiaba por los reveses recibidos en los últimos tiempos, me miró como creyendo que le decía la verdad o al menos trataba… y era cierto.

Hoy, lejos -a 1,429.6 kilómetros para ser exactos- recibo la noticia de que ha dado su primera conferencia y no fue poca cosa, pues frente a ella había una suma no menor a las mil personas. 

Mirar su foto en el escenario, con ese rostro triunfal y aquella sonrisa inconfundible, provocó algo en mi, eso que muchos llamarían “sentirse orgulloso”. 

Orgullo de alguien que solo necesitaba perder el miedo para lanzarse al vacío y recoger la primera cosecha de tantos plantíos sembrados.

Orgullo de alguien que tiene unas alas enormes, inquebrantables, tanto, que solo ella podía amarrar y jamás nadie cortar, con las que ahora emprende un vuelo que será infinito. 

Orgullo de su existencia y de su sitio en mi vida.

Orgullo de estar, simplemente de eso, estar. 

Un café y una mirada 

Dos platillos japoneses en un rumbo que juraba no sería jamás para mí, además de un pastel y dos cervezas a modo de presentación.

Soy sincero si digo que desde que la mesera llevó la carta y ella le sonrió pidiendo que le recomendaran algo “sin picante”, yo ya me había perdido en sus ojos.

Luego vinieron las historias, sus historias, interesantes todas, de esas que merecen toda la atención del mundo, sean en persona o por mensajes, siempre son fantásticas y muestran quién es.

Así llegaron otras oportunidades de coincidir, de acompañar el latte con un panqué o con una rebanada de cheese cake y con ellas, más historias.

“¿Qué, jamás te acabas tú café?”, preguntó tomándome con la guardia abajo, totalmente desprevenido con su pregunta, “me gusta despacio y no tan caliente”, improvisé como el niño al que descubren sin darle aún la primera cucharada a su sopa.

Confieso que en ese justo momento traté de reflexionar y no supe qué me tenía más absorto, qué había provocado que el café se enfriara tanto.

Quizá fue la historia que me contó o quizá esos ojos que me dejan sin habla y que a veces me hacen difícil la labor de concentrarme en sus palabras.

Con esa mirada, con esa voz, no me importa que el tiempo pase, mucho menos que el café se enfríe.