Mi alma gemela 

Hace semanas prometí este escrito que inicia con la teoría de que a cada uno de nosotros, a lo largo de nuestras vidas, 200 almas nos acompañan.

200 personas que son cercanas, que importan y que aparecen siempre para bien o para mal.

Sin embargo hay un grupo que aparece con mayor importancia siempre.

Nuestro primer círculo que normalmente es nuestra familia, nuestros mejores amigos, parejas, amantes, todas juegan diferentes roles en tus vidas, pero siempre cerca.

“Es ella mi alma gemela”, le pregunté pensando en un “asunto” del momento, mientras ella, en pleno trance, observaba al infinito.

“No, ni siquiera está cerca de serlo”, respondió, y de inmediato reveló: “En esta vida tu alma gemela es alguien que siempre te ha cuidado, que se preocupa por ti cada día y noche, que te ama profundamente”.

Pensé en mi madre o mi padre, pero antes de que hablara, ella siguió “vive muy cerca de ti, tus papás te dejaban con ella y veías telenovelas —ups— o a veces libros de animales”.

Hace más de tres años (septiembre de 2013) de esa revelación. Justo en la época en la que entre la demencia senil y el Alzheimer se apoderaron de sus días.

Su nombre en María, María Alemán, para los cercanos, Cardona o bien “de” Padilla para cuestiones legales.

Tenía 65 años la primera vez que recuerdo que lo mencionara, también la última, aunque alguna vez reveló que nació en 1920.

María Alemán es mi abuela, la única y verdadera. La madre de mi madre y quién siempre estuvo al pendiente de cada paso que dimos.

Siempre contaba sus historias, las cuales en mi mente transcurrían en blanco y negro.

Atotonilco, Guadalajara, sus primeros años en la Ciudad de México, el tranvía, los viajes en tren… El catálogo era -es- amplio.

La mamá de mi papá murió creo que de más de 110 años, pero nunca dedicó un segundo de todos esos años a mi, así que la elección para mí fue sencilla: solo tuve una abuela y nada más.

María Alemán tuvo seis hijos, uno de ellos parece que la olvidó (de sus nietos ni hablemos), aún así ella pasa sus días actuales entre recuerdos de una vida larga y regañando a los tres o cuatro hijos que se ocupan de ella día a día.

A mí me lo dio todo, desde Orejas, mi amado osito de trapo, hasta espacio en su máquina de coser para jugar cochecitos.

Me dio amor incesante, todo el que cabe en una persona que no sobrepasa el 1.45 de estatura. Y creo que yo le di todo de vuelta.

Yo sé de qué se trata, sé que el tiempo se agota, sé que mi alma gemela se adelantará pronto a otra vida y que allí me esperará quién sabe en qué papel.

Paso a verla cada que su puerta está abierta, “Quihubo María Alemán…”, “Hola mijo”, responde.

Siempre termino nuestro encuentro con un “ahorita vengo” o “al rato nos vemos”, jamás le digo “adiós”, prefiero no hacerlo, no quiero que esa palabra salga de sus labios, no quiero Y procuro que no pase.

Quizá ella me enseñó a contar historias, a escuchar a los demás, a analizar rápido lo que ocurría.

Ella podía saber si yo estaba bien o mal según la música que ponía y le gustaba que la pusiera a todo volumen.

Y mil cosas más…

Definitivamente me heredó –no lo agradezco— su copete con canas, su gusto por los perros y por la radio.

De María Alemán aprendí que el amor no se demuestra solo con arrumacos, sino estando simplemente, pensando en quien se ama, recordando los buenos tiempos.

De mi abuela aprendí a ser diplomático, y lo aprendí al verla decir a todos sus nietos que eran sus favoritos, cuando el único consentido siempre fui yo…

“Ahí nos vemos luego, me gritas si necesitas algo”…

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