No soy un vago 

Supe que esas letras eran suyas conforme avancé unos renglones, ni siquiera necesité de largos párrafos para desvelar su fallido anonimato.

Los tres años en la ciudad, la nueva “aventura” a la que guiar por Coyoacán al chocolate que yo mismo le mostré por vez primera; le imaginé caminando por aquellas viejas calles que tanto amo de la mano de… no importa. 

Los lugares se heredan, sitios tan simples como una cafetería, un parque, una taquería o hasta aquella parrillada no aparecieron de la nada, alguien me las mostró, pero después tuvieron un significado nuevo. 

Seguí leyendo y recordé con una sonrisa la anécdota -contada hace años- del doctor y el vago, y me di cuenta entonces, que yo no estaba en sus gustos. Aunque a decir verdad, ya lo sabía.

Sí, yo no soy un vago como esos “seres sencillos, con tono y pena al hablar, recios de sentimientos y que generalmente se van”.

He vagado, aunque el término debería ser “paseado” por toda la ciudad.

La he recorrido a pie, en camión y metro, coche y bicicleta, desde los barrios más “pesados” de Iztapalapa, hasta las zonas más “nice” de Las Lomas, pero no, no soy un vago. 

Hasta cierto punto soy sencillo, pero mi ego me define -y muchos lo pueden atestiguar- pero no tengo ni tono ni me da pena hablar, de hecho me desespera esa gente que habla sin modular, todo plano, como si recitaran una receta de cocina, sin matiz y sin fuerza.

Se habla con huevos, con seguridad, abriendo bien la boca, modulando cada frase, haciendo énfasis en las ideas principales, que para rezar están los templos.

Lo que es más importante, no soy “recio” de sentimientos, salvo que se hable de fuerte o vigoroso, porque en definitiva, lo que tengo dentro ni es violento, ni áspero ni rígido, según la definición de la RAE, para la palabra.

Quien gusta de los vagos lo sabe, mis sentimientos son transparentes, directos y puros, tanto que hubo quien jugara con ellos. ¡Y vaya que se divirtieron!

No, no soy un vago, y quizá por eso esperan y espero mucho más de mi.

Si fuera un vago, simplemente me iría, me rendiría y pasaría a la siguiente banqueta. 

Aunque ahora tengo claro que si le gustan los vagos y estuvo con alguien que dista mucho de serlo, ya no esté más aquí, pues alguien tenía que asumir ese papel.

Entiendo que ahora vague por esas calles que un día le enseñé de la mano de nadie, porque a quien añora -como generalmente hacen los de su clase- le habló bajito y con tonito, con verdades inventadas y después, solo se fue. 

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