Réquiem para un cabrón 

“En mi colmena, la mentira no es buena”, suele decir mi hermanita Mónica y sobre todo lo hace para recordarme mi última gran estupidez. 

Mentir en nuestra cultura por alguna razón es bien visto, de ahí que existan las mentiras piadosas y esas que la gente considera “chiquitas e inocentes”, aunque sean la misma mierda.

Mentir es una mala costumbre porque a nadie le gusta escuchar la verdad, a nadie le gusta aceptar que una vez hizo una auténtica cabronada que terminó con alguien dañado.

Mentir y mentirnos a nosotros mismos, creando realidades alternas, es todo un deporte; convencernos de algo que no ocurrió es más fácil que aceptar lo que sí pasó. 

Una de las personas que más quiero en este mundo, se encargó de recordarme que hace más de 10 años yo también fui un cabrón, un ojete, pues. Y creo que por eso sé de lo que hablo. 

Es difícil aceptar también que mucha gente nos miente, porque nos gusta creer sus mentiras y al mismo tiempo, rodearlas de otras para que todo suene fantástico. 

Ella me dijo, “es que todos son iguales, este chico tiene novia y aún así le tira cañón el perro a mi amiga”… 

Yo solo le dije que no todos somos iguales o quizá sí, pero algunos ya aprendimos la lección, a la mala, la mayoría de las veces. 

Otra me dijo, “es que es un buen chico, solo tomó la oportunidad”…

“No -le dije- no es un buen chico, y aunque todos te apapachen, yo te diré la verdad: es un hijo de puta, porque te mintió desde el primer instante, te engañó y se aprovechó de tu vulnerabilidad, lo que te hizo es una putada, una chingadera, es un hijo de puta”.

Hace tiempo aprendí la lección, y lo hice bien, niñas, un caballero no es el que les abre la puerta del coche, les invita el café o les paga las palomitas del cine.

No, un caballero, un hombre, es ese que les dice la realidad, que jamás negaría a la novia por un faje o algo más, que es honesto y que dice la verdad, por muy cruda o clara que ésta sea. 

Si no lo hace, no lo hizo, no fue “un buen chico que tomó la oportunidad”, no, es un puto, poco hombre y no, aunque les abría las puertas, jamás las respetó. 

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