Ella quería ser “libre”…

Ella soñaba con estudiar una maestría, trabajaba de sol a sombra y era una de esas chicas que llaman “de familia”, aunque siempre le gustó la fiesta, pero amaba a su novio como a nada en este mundo. 

Iban juntos a todos lados. Cuando el trabajo de ambos lo permitía, eran dos auténticos muéganos, parecían inseparables, irrompibles, eternos.

Un día ella se fue, pretextando que él no quería formalizar y que pensaba que para estudiar su maestría necesitaba libertad, dejar al chico atrás, soltar el equipaje. 

Aunque él siguió detrás de ella, la chica se convenció a sí misma, con algo de ayuda de sus amigas, las buenas fiestas y los piropos de desconocidos, que estaba mejor sin él. 

Un día conoció a otro chico, él tenía novia, pero tras un par de salidas, la convenció de tener una relación “sin compromisos”, de esas “que no se basan en el sexo”, pero que siempre terminan en la cama.

La novia del chico era cristiana, muy joven y educada para lavar platos, así que jamás haría en la cama lo que su nueva “otra”, acostumbrada con su antiguo novio a saltos de alto grado de dificultad.

Ella empezó a quererlo, a creer que estaba mejor con una relación vacía, mientras su ya ex novio, con añillo de compromiso en mano, estaba aún ahí, buscándola y luchando por ella. 

Un día el chico se fue pues hasta el buen sexo aburre. Volvió a los brazos de su novia cristiana y al “perdón” de su iglesia, y ella se quedó con su libertad, sola, pero con una puerta abierta.

Quiso mirar atrás y su ex novio ya no estaba, no supo encontrarlo ni pedir perdón a quien se cansó de migajas y humillaciones, de enviar flores y proponer matrimonio; ahora ganaba mejor, y hasta estrenó departamento en la Del Valle, dónde siempre quisieron, pero sin ella. 

Ella de nuevo se convenció de que su libertad y tener acaso algo sin compromisos era más importante que buscar a quien siempre la amó, que en el fondo, la esperaba con los brazos abiertos.

Pero no, la puerta estaba abierta y siempre hay quien quiere una relación “que no se basa en el sexo” pero que termine en la cama sin más complicaciones, es más, sin la necesidad de invitar el desayuno en las mañanas. 

Así, en sus cursos conoció a uno que era casado y tras un escándalo, debió dejar la maestría; después aquel drogadicto del bar que la inició en la coca y también en alguna ligera enfermedad venerea mientras le platicaba de “su mujer, la loca”.

Luego vino su jefe, de esos que “se están divorciando” pero nunca dejarán a su esposa “por los niños”. Con él, tras el trabajo o incluso en alguna “hora de la comida”, visitaba un motel cercano a su oficina y todos en la empresa lo sabían. 

Le consiguió un aumento y que fuera incluida en las convenciones de la empresa, claro, solo si iban juntos. También, con su lengua floja, consiguió que otros ejecutivos le faltaran al respeto a su querida amante.

Lo curioso es que cuando hubo recorte de personal, él ni siquiera la protegió, tampoco se despidió,  nunca más la volvió a ver. 

A ella no le importó, o eso pensaba, ya estaba acostumbrada a ser “la otra” y seguro alguien más querría acompañar sus largas noches, o al menos un par de horas mientras su esposa no estaba en casa.

Hace cuatro años que inició esta historia, hoy ella es cortejada por un joven que, si bien conoció en Tinder, quiere una relación formal con ella. Se enamoró de sus ojos, de su sonrisa enorme y de ese cuerpo de infarto que aunque mediados los 30 y pese a los maltratos y los malos colchones, aún conserva.

Pero ella no sabe qué hacer, hace tanto tiempo que tiene su libertad y sus relaciones “que no se basan en el sexo” pero siempre terminan en la cama, que ya no sabe amar, pues hace mucho que no es amada. 

Hace tanto tiempo que no se valora, que se vende muy barato, por una invitación a cenar, una copa en un bar, y hasta por una fumada de mota en una fiesta. Ya no cree merecer lo bueno. 

Ella quería ser libre, pero hoy, años después, añora a aquel chico al que tantas veces llamó “el amor de su vida” y que se quedó con aquel anillo de compromiso guardado en un cajón, esperándola por siempre. 

(Ilustración: Daniel Clarke)

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