La cuerda floja 

Mis 38 años tienen apenas unas horas de estreno y hasta ahora ya me han dado un par de lecciones que poco a poco iré contando.

Pero, antes, algo del adiós a los 37…

Hace unos días una persona que apenas me conoce, me preguntaba el porqué de mi entusiasmo con un cumpleaños más y bueno, creo que tiene mucho que ver con la manera en la que he vivido. 

Le hablé de costumbres, de que desde los 21 suelo hacer algo, aunque sea muy pequeño para festejar, pues aunque a veces no parece existir un motivo, la vida mismas lo es.

Escribo esto casi dos meses después de mi último texto y ya muchas cosas han pasado, la más grave y la que al final más enseñanzas me ha dejado fue la inundación de casa.

Ver cómo recuerdos, muebles, ropa, flotaban entre el agua putrefacta no puede sino poner las cosas en una cuerda floja.

La línea entre la nostalgia, ver todo perdido y sentarse a llorar y el ser positivo es Tan delgada que cruzarla lleva menos de un segundo. 

El agua -sucia o no- tiene una carga tan fuerte de simbolismo que llena toda mi vida: purificar, lavar, limpiar, llevarse para siempre no solo objetos inservibles, sino también personas con sus recuerdos. 

Momentos amargos, momentos alegres también, todos se fueron por la alcantarilla y a veces no vale la pena aferrarse sino prepararse para llenar nuestro mundo de novedades. 

Así llegaron los 38, con sueños nuevos, renovados y otros no tan nuevos y sobre todo con las lecciones dejadas por los 37. 

Una de ellas, la más importante es la de cerrar muchos ciclos, lo curioso es que varios se agolparon y resultaron en alivios, más que en sufrimientos.

Entender que hay proyectos que ni por todo  el dinero del mundo, valen la pena y personas que sí valen esfuerzos y penurias pero que también se deben dejar pasar. 

Abro una nueva etapa sabiendo que tengo un rumbo, las posibilidades plenas de lograrlo, la mentalidad de hacerlo y a mí alrededor a la gente que puede impulsarme.

La abro por mí mismo y para mí mismo, sin anclas mentales o emocionales, con mayor sabiduría y el mismo entusiasmo de hace 20 años. 

Así, sin mirar atrás -por muy trillado- con la mirada puesta en ese arrecife que he de tener por hogar. 

Imagen: Christian Schloe

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