Un café y una mirada 

Dos platillos japoneses en un rumbo que juraba no sería jamás para mí, además de un pastel y dos cervezas a modo de presentación.

Soy sincero si digo que desde que la mesera llevó la carta y ella le sonrió pidiendo que le recomendaran algo “sin picante”, yo ya me había perdido en sus ojos.

Luego vinieron las historias, sus historias, interesantes todas, de esas que merecen toda la atención del mundo, sean en persona o por mensajes, siempre son fantásticas y muestran quién es.

Así llegaron otras oportunidades de coincidir, de acompañar el latte con un panqué o con una rebanada de cheese cake y con ellas, más historias.

“¿Qué, jamás te acabas tú café?”, preguntó tomándome con la guardia abajo, totalmente desprevenido con su pregunta, “me gusta despacio y no tan caliente”, improvisé como el niño al que descubren sin darle aún la primera cucharada a su sopa.

Confieso que en ese justo momento traté de reflexionar y no supe qué me tenía más absorto, qué había provocado que el café se enfriara tanto.

Quizá fue la historia que me contó o quizá esos ojos que me dejan sin habla y que a veces me hacen difícil la labor de concentrarme en sus palabras.

Con esa mirada, con esa voz, no me importa que el tiempo pase, mucho menos que el café se enfríe.

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