Eso que llaman sentirse orgulloso

Hace unos meses salía de la oficina apresurado pues tenía una cita con una de las personas que más quiero en este planeta.

Tras una confusión con el rumbo en el que nos encontraríamos, bebimos un par de cervezas y antes de irnos a casa (cada quien a la suya) decidimos cenar algo, sushi… Con ella siempre es sushi. 

Sin saberlo sería nuestra despedida oficial, ambos sabíamos que las maletas estaban hechas y que su partida era inminente pero teníamos al menos dos reuniones más en la agenda.

Ambas, una primera comunión y una fiesta cumpleañera, fueron canceladas por enfermedad y cambiadas por un par de tardes de TV. 

Esa noche recordamos cada anécdota vivida en aquel “verano fatal” de 2013, dos o tres de los meses más memorables y felices de mi vida, los cuales están ahí, en el recuerdo.

Pero esa noche era especial por alguna razón, tal vez porque ambos sabíamos que estábamos cerrando cada quien por su lado como 300 círculos, o que teníamos al frente una nueva etapa, o tal vez porque por primera vez en mucho tiempo, “no nos queríamos matar”.

Ya no eran las noches de alcohol desenfrenadas hasta el amanecer ni las tardes de hospital que nos habían reunido años después mientras esperábamos buenas noticias. No, todo era muy distinto. 

Recuerdo que esa noche de independencia estadounidense en la que los rollos de sushi tardaban en llegar un tiempo verdaderamente infame, le hice ver que confiaba en ella, que lograría cosas muy grandes.

Ella aún desconfiaba por los reveses recibidos en los últimos tiempos, me miró como creyendo que le decía la verdad o al menos trataba… y era cierto.

Hoy, lejos -a 1,429.6 kilómetros para ser exactos- recibo la noticia de que ha dado su primera conferencia y no fue poca cosa, pues frente a ella había una suma no menor a las mil personas. 

Mirar su foto en el escenario, con ese rostro triunfal y aquella sonrisa inconfundible, provocó algo en mi, eso que muchos llamarían “sentirse orgulloso”. 

Orgullo de alguien que solo necesitaba perder el miedo para lanzarse al vacío y recoger la primera cosecha de tantos plantíos sembrados.

Orgullo de alguien que tiene unas alas enormes, inquebrantables, tanto, que solo ella podía amarrar y jamás nadie cortar, con las que ahora emprende un vuelo que será infinito. 

Orgullo de su existencia y de su sitio en mi vida.

Orgullo de estar, simplemente de eso, estar. 

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