Demonios que hablan al oído

“Cuídame, yo te cuidaré…”

Conocer nuestros demonios es el principio básico para entendernos a nosotros mismos y nuestros actos.

A veces no entendemos lo que hacemos pues va en contra de lo que normalmente deberíamos ser.

Los demonios nos hacen débiles, vulnerables, contradictorios, y quizá, más humanos de lo que creemos.

Saber que existen, en dónde están y cuándo suelen despertar es el primer paso para aprender a convivir con ellos o en el mejor de los casos -y el más aburrido- deshacernos de los mismos.

Hay quien tiende a creer que los demonios son personas que nos controlan, esas que no nos dejan avanzar y evitan, con su maldad, que podamos encontrar lo que verdaderamente queremos, pero no.

Esos quizá se les parecen, pero no llegan a tanto sino a proyecciones.

Nuestros demonios son eso, nunca buenos, son esos que nos impulsan a vivir “momentos” a cambio de pesares, son ellos, los que se proyectan en los malos amores, en las falsas promesas, en los engaños, en las personas nocivas.

Algunos quieren apoderarse de tu alma, otros solo quieren divertirse con tu carne, pero no nos confundamos, nunca van a quedarse, no es lo que buscan, pues lo que quieren es destruirnos, por ello van y vienen, toman solo lo que quieren, se divierten y se van.

No vale la pena imaginar a un tipo colorado con cola en punta de flecha y cuernos, ese no es uno de nuestros demonios.

Nuestros demonios no están en una caverna, en una persona, en unos ojos, en una sonrisa ajena, no, ellos viven en nuestro psique.

Son vicios y conductas aprendidas, son repeticiones de actitudes de alguien en nuestra familia, herencias que se nos clavan en la mente, en el alma, en el corazón.

Patrones que hay que romper, situaciones que hay que corregir, pues solo así, esos demonios serán parte sin jugar en el partido.

Quizá culturalmente uno de nuestros peores demonios es el creer que debemos sufrir por amor, que haremos a la gente cambiar sus decisiones o que un día importaremos a quien no nos toma en cuenta.

Debemos saber que somos el reflejo, la continuación de lo que alguien querido ya sufrió, quizá heredamos la abnegación de nuestra madre, el descaro de nuestro padre o el ser abusados -o abusivos- de nuestros abuelos.

Esos son nuestros demonios, los que nos impiden ser felices, los que no nos dejan tomar la decisión acertada “en nombre de la aventura”.

Tómate un café con tu demonio, plática con él y entiéndelo, solo así sabras de dónde viene y cómo superarlo o al menos, ser mejor que él.

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