En la sed mortal

“Perdón por mis pies siempre fríos, por la noche pasada, y por la otra, y por aquella también”, Nacho Vegas.

¿Es acaso el amor una elección? ¿lo es acaso el perdón y el olvido?

¿Será que cada quien elige a quien amar como la niña de la secundaria decide a quien rechazar?

¿Será cierta tanta poesía y tanta música y tanta teatralidad que nos ha enseñado que para amar hay primero que sufrir?

¿Que para ser feliz hay primero que llorar?

Lo es y no lo es, tal como es cierto que los estados de melancolía siempre han sido un caldo de cultivo muy fructífero para expresarse.

Y esos estados solo los brinda la decisión propia, y eso sí no me lo pidan explicar, porque ni los que llevan décadas estudiando la mente podrían hacerlo.

Por alguna razón elegimos imposibles aunque nos dañen, infelicidad en lugar del gozo, aunque es entendible que prefiramos sentir dolor a no sentir nada.

Hay gente que tiene el amor enfrente y prefieren hacerlo a un lado porque se crean una lista de requisitos imposibles de llenar, pero de alguna manera los llenan con alguien idealizado desde el dolor.

Así como la niña de secundaria imagina el matrimonio, la casa con jardín y dos perros jugando con los hijos que tendrá al lado del ídolo del póster que pega en la pared (¿Aún hacen eso?).

Así somos nosotros, ponemos esas esperanzas en alguien, que no pegamos en nuestra pared, pero lo hacemos en nuestro corazón con alfileres, mismos que el sujeto (o sujeta -sic-) en cuestión trata de tirar a patadas.

Y sí, el dolor, el amor, el sufrimiento es una elección como la necesidad de culparnos cuando todo sale mal y darnos poco crédito cuando todo sale bien.

Nadie te daña si no se lo permites, nadie entra a tu cerebro ni a tu alma ni a tu corazón si no se lo abres.

¿Qué tal que por una vez dejamos entrar a una persona totalmente distinta, de esas que tienen sentimientos puros pero jamás pegaríamos su póster en la pared?

¿Qué tal que por una vez nos permitimos elegir la felicidad sin caminos espinosos, aunque ese check list se quede vacío?

¿Qué tal si por una vez nos dejamos llevar por el instinto, nos dejamos ir como “gorda en tobogán”?

Hemos sufrido tanto con decisiones equivocadas que no tenemos ya nada que perder.

Imagen: Tadzio Autumm

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